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Remolinos

LITERATURA

El viejo historiador

  • Marzo 31, 2018
  • Ana Luna San Eugenio

Cuando el viejo se levantó, tras una pequeña pausa, el auditorio quedó de nuevo en silencio, expectante ante el discurso más esperado de la solemne velada de clausura del curso de Historia.

—Are you satisfied, then, with your studies? —preguntó mirando a los jóvenes, relegados a las últimas filas de las gradas.

Un murmullo de extrañeza recorrió la sala. Tras el desconcierto inicial, uno de los jóvenes estudiantes se atrevió a responder afirmativamente, aunque expresó su lamento por la incomprensión general que había recibido de su entorno por la decisión de emprender aquel camino. El estudiante afirmó, no sin cierta tribulación, que le costaba mucho esfuerzo combatir la idea de que sus estudios no servían para nada. Sus compañeros, casi de forma unánime, asintieron con comprensión.

—De hecho, esas personas tienen razón —contestó el viejo.

La respuesta desconcertó profundamente al auditorio, que sin duda esperaba una emocionante alocución en la que el antiguo profesor hiciera una férrea defensa de la utilidad de la Historia.

—En realidad, la Historia que ustedes escriban, o los resultados que obtengan cuando lleven a cabo sus investigaciones, no servirán nunca de nada. Sé que van a tratar de responderme con ideas sobre el valor de la vida a través de la memoria, de la pervivencia de la cultura y de la identidad de los pueblos, o puede que incluso recurran al tópico de que la Historia es el mejor método para no repetir los errores del pasado. Nada de eso es verdad. En primer lugar, porque a la inmensa mayoría de las personas que componen nuestro mundo no les interesa la Historia. Y, por desgracia, a la mayor parte de los que dicen tener afición por ella, en realidad sólo están interesados en un mito conveniente del pasado. Y eso es natural, porque la verdad es una incómoda compañera de viaje.

El viejo miró de nuevo al estudiante que había expresado su lamento:

—¿Por qué cree usted que es útil?

El estudiante, sorprendentemente animado, dijo con gran entusiasmo:

—Porque es nuestro deber con aquellos que vivieron antes que nosotros y que pelearon para que el mundo de hoy sea mejor que el de ayer.

—Oh, lo que dice usted es un asunto importante, sin lugar a dudas. Pero no pierda la perspectiva de aquellos que dudan de la utilidad de sus estudios. Para ellos, ¿de qué sirven? Absolutamente de nada. Conocer con precisión las circunstancias en que se produjeron los hechos del pasado, recordar la labor de los hombres de antaño o reparar simbólicamente los daños que quedaron impunes no le permitirá a usted, con toda probabilidad, ni optar a un trabajo ni disponer de un mejor automóvil o de una casa más grande. Pero quizá crea que el asunto está muy por encima del dinero, y pensará en valores supremos como la Justicia, el honor o el deber para con las víctimas. Y ese es un pensamiento maravilloso. Puede que incluso piense en la utilidad del conocimiento como vector de transformación social. Pero para eso no le servirá la Historia. Para esos asuntos, mi querido joven, la Historia no sirve de nada porque sucumbe inexorablemente ante el mito y la propaganda.

El viejo hizo una pausa, pero no obtuvo ninguna respuesta.

—Muchas de las cosas en las que usted está probablemente pensando le emocionan por su cercanía en el tiempo y por el impacto que aún tienen en su vida o en la de sus familiares. Pero hay dos elementos que difuminarán ese impacto, y que ni la más poderosa Historia podrá salvar: el tiempo y el espacio. En dos o tres generaciones después de la suya, cuando ya no quede nadie con vida que tenga una relación directa con aquella cruenta guerra o con aquella sanguinaria dictadura, a nadie le importarán absolutamente nada las más terribles matanzas o las más atroces injusticias.

En esta ocasión, sin embargo, varios de los estudiantes lograron reunir ánimos para rebatir al profesor.

—Es muy triste lo que dice —acertó a decir uno.

—Es un pensamiento realmente cínico —dijo otro, al que se le veía realmente desencantado con las palabras del profesor.

—Estoy de acuerdo con ellos —añadió una joven estudiante con cierta energía—. Con esa postura usted se sitúa al margen de las injusticias y del sufrimiento. La Historia aporta significado a la vida. ¿Qué me puede responder a esto? ¿Qué puede ser más útil que dar significado a la vida?

La respuesta llegó de inmediato:

—Permítame que dé la vuelta a su pregunta: ¿qué puede ser más inútil que tratar de dar significado a la vida? Ustedes dicen que desean combatir la injusticia o mejorar el mundo, pero para lograrlo, por alguna razón, pretenden aplicar exactamente el mismo mecanismo que ha producido las injusticias o las tragedias: utilizar unos recursos para lograr sus fines. En ese propósito, deberán superar los escollos que se encuentren, y para ello sólo bastará con dotar a lo que sea necesario de un maravilloso revestimiento de utilidad para justificar una acción o una omisión. Oh, ese sin duda es un camino que puede resultar muy peligroso: llegado el caso, si es necesario, lo tendrán extraordinariamente fácil para convertir la virtud en vileza o la vileza en virtud. Querer dotar de utilidad a lo inútil es en ocasiones un ejercicio inocente, pero que termina por quebrar la esencia de las cosas. La Historia es genuinamente inútil, igual que lo son nuestras vidas. No hay nada más maravilloso que lo inútil. No hay nada más magnífico que lo que no sirve para nada.

Ante aquellas palabras, un antiguo colega de las primeras filas intervino:

—Estos buenos chicos necesitan vivir de algo. Y de lo que estamos seguros, querido profesor, es de que la inutilidad no da de comer. Dotar de utilidad al conocimiento no creo que sea emprender un camino peligroso, sino más bien conveniente.

—Eso suena estupendo, querido colega. Pero es un engaño, un artificio. Usted no habla de conocimiento, sino de conveniencia. Y la Historia, en más ocasiones que las que muchos desearían, es profundamente inconveniente. Estoy de acuerdo con sus inquietudes, pero a lo que usted se refiere es otra cosa distinta. Bien haría usted en pedir que se cambie el nombre de esta noble disciplina a ‘Conocimiento conveniente del pasado’. En ese caso, poco importa que sea mito, leyenda o historia, porque servirá para el mismo fin. Llegado el caso, ¿tendrán dudas de convertir lo inconveniente en conveniente?

Cuando terminó la velada, el viejo se encontró en el patio con una de las jóvenes estudiantes y ambos se intercambiaron sendas sonrisas.

—Y usted, ¿por qué se dedica a esto? –preguntó el antiguo profesor.

—Probablemente la respuesta le parezca grosera y muy poco intelectual.

—Podré resistirlo.

—Porque me da la gana –dijo ella con una leve sonrisa–. A todo aquel que le pregunté convino en decirme que era una gigantesca pérdida de tiempo y un error. ¿Pero a quién le interesa vivir su absurdo tiempo? Si tengo la oportunidad de hacer lo que quiero, ¿por qué iba a hacer lo que no quiero por miedo a tener que hacer lo que no quiero? Es tan elemental que organizar una discusión por ello me resulta grotesco.

—Entiendo lo que dice, e imaginará que estoy de acuerdo con usted. Pero le dirán que puede perder su apuesta y terminar haciendo algo peor de lo que pudo haber escogido. La opción menos mala de entre las malas.

La joven meditó unos instantes antes de responder.

—“Pudo y no se atrevió”. Un gran epitafio.

El viejo sonrió con satisfacción, y a pesar de su notoria elocuencia, en esa ocasión sólo acertó a decir una palabra: «Gracias».

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