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Remolinos

LITERATURA

La maldición de Orlando

  • Octubre 1, 2017
  • Ana Luna San Eugenio

A veces recuerdo a Orlando, cuando todavía vivía en los siglos antiguos, angustiado bajo el tormento de la gran maldición. Sí, es justo allí donde nace el recuerdo nocturno, en la gran casa noble de la campiña, dentro del vetusto escritorio de madera de cedro donde se apilaban las grandes creaciones de un espíritu conmovido por la insuperable grandeza del mundo clásico. ¡Qué labor tan terrible la de escribir! Así lo recuerdo, leyendo y releyendo; extasiado por su creación unas veces, desesperado por la vileza de sus palabras en otras ocasiones. Así imaginaba Woolf a Orlando: en soledad frente a sus creaciones, frente a sus ideas, frente a sus personajes. Allí se encontraba Orlando poniendo, a fin de cuentas, a su propio espíritu frente a sí mismo. «Y no llegó nunca a saber si era el genio más sublime o el mayor mentecato de la historia», nos recordó Virginia.

Nunca olvido tampoco la triste maldición de Tonio Kröger. Oh, la vieja burguesía decadente de Mann. ¿Cómo no recordar al afligido Kröger ante su destino? Cuán pronto sintió su espíritu marcado y separado del resto de los mortales. «No se precisa demasiada sagacidad para descubrir entre la multitud a un artista», recordaba Tonio a Lisaveta. No a esos cuya profesión es la de artista; no, se refería al artista auténtico, a aquel cuyo espíritu estaba destinado a serlo. Algo se nota en su rostro, en su propia presencia. Algo se dibuja en sus facciones, algo parecido a las que se marcan en el rostro de «un príncipe que se mezcla entre la multitud vestido de paisano». Para el artista no hay escapatoria, no hay antifaz que valga. Tan solo una mirada, una palabra, y todo el mundo percibirá que no eres un humano como ellos, «sino un ser extraño, chocante, distinto».

Ante la maldición, ¿cuántos caen en la melancolía y el desasosiego? ¿Cómo no recordar al señor Soares, al hombre sin el aura mística de Kröger, al gris oficinista anónimo? Sí, allí lo veo, igual que lo imaginaba Pessoa, caminando por la Rua dos Douradores, con su viejo sombrero y su cartera de cuero, descubriéndose a sí mismo casi como a un espectro en una fotografía de grupo que hicieron a todos los trabajadores de su oficina. ¿La única escapatoria de la maldición es abdicar de la vida como Fernando Reis? ¿De qué valdrá todo cuando estemos entregando a Caronte la moneda?

Y una pregunta surge entonces: si la maldición acecha, ¿por qué anhelamos caer en ella?

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